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Archive for 18 enero 2010

Hay cosas que uno vive a diario y que se convierten en eso cotidiano que teje la historia de la vida misma. Muchas veces repasamos en nuestra mente como algo lejano, casi vivido en otra vida, esa serie de recuerdos de la infancia que con el paso de los años van difuminando su color, tal vez para perderse en el recóndito y desconocido rincón de la memoria, producto de la vejez o de alguna enfermedad que nos provea el olvido, en algunos casos tan benéfico.

Fue producto de la remembranza de un par de recuerdos que conservo con cariño, que se me ocurrió la idea de plasmarlos en “papel”, confiada en que si lo hago, evocaremos juntos todo lo que significa el hermoso pasado.

Corrían los años dulces años 80`s de mi pre adolescencia, cuando por destino, en un mismo lugar confluyeron cuatro niñas con cuatro historias totalmente diferentes, sin haber compartido nada en los primeros años excepto por dos de ellas, terminamos sentadas en el mismo salón de clase de un colegio de religiosas clase media en Bogotá , en una época en donde aun se respetaban ciertas normas, se creía que la virginidad podía delatarse a través de la mirada y donde ni por sospecha pasaron por la cabeza muchas de las cosas que hemos vivido hasta el día de hoy. Yo recuerdo que el primer encuentro que tuve con Mónica, una de las integrantes de famoso cuarteto de las “estrellitas estrelladas”-y en realidad era bastante famoso en el ámbito escolar-, se produjo porque al lado de mi casa vivía una familia oriunda de Cali , en esa familia había una niña llamada Adriana, un poco más grande que yo, que por esa época supongo que tendría 12 o 13 años, que era su amiga y me la presentó porque yo iba a entrar al colegio donde Mónica y Adriana estudiaban. Aclaro que hago aquí una lectura de mis recuerdos y que tal vez me acusen ciertas imprecisiones. El asunto es que Mónica resultoó siendo una primera nueva amiga de ese ámbito que para mí era desconocido,. De Dalila, otro miembro del cuarteto, el primer recuerdo que conservo vagamente es que alguna vez salió con mi hermano mayor, quizás en plan de algo y valgan todas las incertidumbres que tengo en esta parte del relato porque la memoria juega malas pasadas, lo que sí recuerdo como si estuviera viéndola, es la imagen que siempre me evoca la adolescencia de ella, delgadísima con una falda de jean azul que le daba casi a los tobillos con abertura atrás, que para la época era un verdadero estallido de la moda, un saco largo color rojo con un rombo en el pecho, botines negros y medias veladas. Cualquiera que tenga más de treinta años se habrá sentado frente a sus fotografías a reírse un poco de sí mismo…también fue nuestro caso. Dalila y Mónica si se conocían de antes, no sé qué tan atrás en el tiempo, pero seguro jugaron juntas de pequeñas porque las casas de nuestro barrio estaban divididas por cuadras y era inevitable que no se relacionara uno con el vecino de en frente que tenía a escasos metros de la puerta de su casa.

La otra estrellita de este cielo de recuerdos era Luz Ángela que creo haber conocido antes que a las otras, era la cuota foránea de esta historia, ella había vivido en diferentes ciudades del país porque Don Honorio, su Padre, se trasladaba con frecuencia de lugar de trabajo. Por más que me esfuerzo no logro recordar como la conocí, lo que si tengo en la memoria es su cuerpo gordito que curvaba la línea de cuadritos rojos de nuestro uniforme y que siempre hacia esfuerzos para que las medias no se bajaran de la rodilla, fue suya la técnica del caucho para mantenerlas en su sitio luego de las mil lavadas cuando pierden el resorte natural, técnica que adoptamos las demás y que fuimos puliendo  hasta convertir en una obsesión, producto de ser bastante observantes de las leyes de la institución que demandaba faldas por debajo de la rodilla y medias por encima.  Luz Ángela siempre se destacó al igual que Dalila por su preeminencia por las matemáticas y las ciencias numéricas que para mí no ocupaban un nivel inferior al de una tortura…y es de reconocer aquí que envidie sus capacidades que me hubieran venido bastante bien  de no ser por la invalorable presencia de Johan – mi primer novio contra la voluntad familiar-  en mis ultimos años de colegio, a quien le debo mi aprovación de algebra, trigonometría, fisica y quimica, sin embargo, reconozco que a veces me chocaba un poco la competencia que se generaba por el diez inexorable en matemáticas o en casi todas las materias,  porque fuimos de la generación que se tomo en serio el arte de aprender.

Yo cerraba el cuarteto. Cual cuatro mosqueteros que en suma era un conjunto de habilidades sin par, yo era el vínculo con la pasión, tal vez la más libertaria de todas, la amiga de la poesía y la música…la bohemia, y doy fe que se puede ser bohemio a los 14 años cuando se tienen las circunstancias a mano. Conservo recuerdos míos, tan lúcidos y tan borrosos como de las demás, pero traigo a colación estos que me evocan felicidad y que perfilaban mi postrero espíritu aventurero…recuerdo viéndome solitaria sentada frente al salón de clase, que en esa época era el más lindo de los prefabricados del colegio y que aún se conserva, garabateando poemas  mientras las demás niñas jugaban voleibol en el improvisado campo frente a los salones, recuerdo que alguien se acercó a preguntarme qué hacía y le leí lo que llevaba escrito, debió ser bueno, o por lo menos conveniente porque como pólvora se regó la bola de que había una muchacha que escribía “poemas por encargo”. Hasta ahí fue mi soledad.  Por largo tiempo, o por lo menos hasta que me canse de trabajar en mis horas de descanso, instalé en la parte de atrás de los salones que daban a la rectoría y a uno de los muros linderos, lo que sería mi oficina poético-sentimental, un lugar donde atendía los requerimientos de mi clientela. Enfiladas y respetando el turno, como corresponde a cualquier consulta de extrema gravedad, y lo era, una a una venían las interesadas a contarme sus penas de amor, sus romances o a delatar sus amores platónicos para que yo enterada de la situación les escribiera un poema a la medida, que rescataría las mieles del afecto, salvaría de la catástrofe alguna pasión juvenil o simplemente le diera sosiego a esas almas atormentadas por los fuegos incesantes de la adolescencia, donde se podía adolecer de todo menos de un poema que haga la magia y más si es por encargo y a la medida. Si mal no recuerdo fue Luz Ángela quien me ayudó a administrar el negocio que  en esa época era sin ánimo de lucro, y se encargaba de hacerle propaganda. Siempre fue excelente negociante. Yo  tenía el don de las musas, cantaba lindo, rasguñaba algunas notas en la guitarra, producto de clases fallidas que en casa quisieron que tomara y el mirar  atentamente a los diestros amigos guitarristas de grupo juvenil a quienes le daba toda mi atención y que luego en casa repetía sus ejercicios guitarriísticos hasta arrancarle algún sonido responsable al instrumento; así que la música y la poesía siempre fueron mi compañía en las difíciles horas de la incomprensión juvenil, para fortuna mía y del respetable público del grado décimo que en  momentos cuando no había clase, sabía escuchar los últimos hits de la moda que no estaba de moda, porque en esa suerte de teatro de salón de clase, sólo  se cantaban los clásicos que aparecían de vez en cuando en la radio y lo que recopilábamos de la extensísima y envidiable discoteca de doña Marina, la mamá de Mónica que gracias a que trabajaba en “Discos Bambuco”, que ya no existe,  había acuñado una hermosa colección de baladas, boleros y sones y nos tenía al tanto de lo último del panorama musical… acetatos que tenía como un tesoro y a los que mi amiga nos dejaba aproximar con religioso cuido ya que no todo el mundo se daba el lujo de tener el armario lleno de música de toda clase y un tocadiscos de tal envergadura. En su casa conocí a Armando Manzanero, Chabuca Granda, Dyango, Gigiola Cinquetti; me enamore platónicamente de los ojos azules de Miguel Gallardo y escuche toda suerte de gente que jamás vi y que sólo hasta ahora reconozco en la televisión, más vieja que nunca pero con la voz de siempre., porque en esa época, la discoteca de Doña Marina era el único youtube que teníamos al alcance. Los otros hits sonaban de la radio yo los recopilaba en el único casette que tenía para grabar, el ejercicio era: emisora de radio, canción que empiece bonito o que tenga lindos acordes,  si me gustaba seguía grabando si no stop y rebobinando el casette para esperar la siguiente canción, así perdí muchas canciones que no grabé y que eran bellísimas…luego la transcripción al cancionero, con las consabidas imprecisiones en la letra porque definitivamente tengo que reconocer que hube de cambiar algunas palabras cuando no lograba descifrar que estaban cantando en esa frase- no me culpo, todos lo hicimos alguna vez-, luego cuaderno a  mi maleta del colegio para acompañar esas horas en las que no había clase y no se salía del salón. Cuando el cancionero de plástico rojo se acabó, Mónica me regaló, el que sería el nuevo cancionero, firmado por las más cercanas al club del recuerdo, con dedicatoria que me animaba a seguir guardando músicas en él… aun los conservo si es que mi vieja no los sacó a la basura ahora que vivo en otro país y no tengo esos tesoros al  alcance de la mano….

Hubo de todo en esas épocas, sería interminable la suma de momentos, angustiosos, divertidos, exageradamente dramáticos como el día de la escena de llanto e indignación por la irreparable pérdida del helecho bebe que se sacrifico en clase para conocer las esporas, o cuando cantamos frenéticamente frente a toda la clase la canción que nos identificaba y que tal vez hizo que se cerniera el odio de las compañeras…“porque soy bu, soy bu, la vampira alegre…”, o cuando en pleno examen, susurramos el inocente comentario que hacíamos sobre los bigotes de Bernardo David, profesor de español a quien amé con afecto e idolatría propia de quien fue para mí un modelo que siempre quise imitar como maestro y como amante de las letras – y valga la oportunidad para reconocerle al mester su invalorable herencia en mi vida-  de quien estoy casi segura hasta el día de hoy que escuchó dicho susurro – o el día en que fuimos a grabar “Sábados Gigante”, y yo canté una cancion inventada para ganarnos $15.000 pesos que aportaban a la construccion del colegio, o cuando nos reclutamos para la misión en Semana Santa, o partíamos con una regla la única milhoja que amorosamente Sor Alicia Tulcanaza, nos daba por debajo de cuerda cuando íbamos a fiar las onces, o los quesos amarillos por millares que me traía Jaime – el primer y novio consentido en casa-  su tía trabajaba en la antigua Eanster Airlines y de alli me traía bolsas llenas de quesitos triangulares que nunca me gustaron y que siempre regalé a las compañeras hasta el punto de la saciedad donde ya nadie me los recibía, aunque eran realmente muy finos,  o como aquella tarde de sol en que nos preguntamos qué sería de nuestra vida cuando fuéramos grandes y cada una pintó una proyección de su vida a los veinte años, y luego a los treinta y nos prometimos apadrinar a nuestros hijos, si es que algún día teníamos un novio, nos casábamos de blanco, yo cantaba la misa y traíamos niños al mundo.

El mundo cambio mucho desde entonces, han pasado varios presidentes, terremotos, desgracias y mundiales de fútbol, tuvimos más de un novio… Mónica estudio lo que predijo, Dalila pudo cumplir como ninguna el tener carro antes de los treinta, Claudia que anda perdida y no sabemos donde esta, o por lo menos yo, Luz Ángela es la madrina de mi hija, yo de la de ella de corazón y Dalila la de la hija de Mónica como lo planeamos… yo viaje por Latinoamérica como quería, y vivo en el lugar que siempre quise vivir. Nos casamos, fuimos a la universidad. Nos hicimos profesionales. Seguimos siendo felices… Si, algunos planes no se cumplieron: no llegamos vírgenes al matrimonio como lo habíamos jurado pero no fui yo la primera que refundió la virginidad como se tenía pronosticado dada mi actitud libertaria y de frente izquierda que me caracterizó siempre y aún no compramos casa… de otros planes todavía nos queda tiempo.

El 2 de diciembre pasado se cumplieron  veinte años desde que dejamos el colegio. Mónica es psicóloga, tiene una linda familia, perdió a su viejo hace poco y pasa una prueba de salud muy fuerte que lleva con una entereza y una fortaleza increíble. Dalila está en el área de la salud, tiene un novio desde hace tiempo y por fin se decidió a ser mamá. Luz Ángela no fue profesora de matemáticas pero sí de sociales, se caso hace casi 11 años y tiene una hija y yo seguí atendiendo mi consultorio literario desde la escritura y la literatura, vivo en Argentina y tengo una vida hermosa, una hija más hermosa aún y le apuesto al amor, esta vez convencida.

Esta es una parte de mi infancia, el recuerdo feliz de un lazo indestructible que comparto con aquellas mujeres que supieron cumplir la promesa de quedarse para siempre. Las estrellitas estrelladas fue sin duda el nombre más ridículo que pudimos darle a ese amor entrañable,  Fideito, Popeye, Luchis y Mariapalitos no serían los alias mas alucinantes, pero no hay duda que en algo le atinamos, y desde ahí todo tiene sentido. Seguimos abrazándonos desde la hermandad y como las grandes constelaciones del firmamento que han permanecido por años eternos, sus estrellas están destinadas a morir de  viejas una al lado de la otra.

Con entrañable afecto para Mónica Adriana, Luz Ángela y Luz Dalila y Claudia mis hermanas de vida y a Gabriela, Mariana, Gaiana Sophia,  nuestras hijas…y a los por venir.


Maritza R

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